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Un beso / Eduardo Torres Alonso

Un beso / Eduardo Torres Alonso

Junto con los abrazos, la expresión –con el necesario consentimiento, claro– de afecto y amor convencionalmente más aceptada es el beso: uno o dos, en la mejilla o en los labios. El beso entre personas que se aman expresa intimidad, vínculo y creación. Es íntimo en tanto que hay un número reducido de participantes conscientes del acto; es vínculo porque concreta la unión de seres y es creación porque lo que se genera son sentimientos buenos.

Vemos a personas besarse en todos lados: en la casa, en las series y telenovelas, en la calle, en las escuelas, en centros religiosos, en fin, en el arte. A pesar de esa cotidianidad, en fechas pasadas surgió una polémica sobre un beso. No se rechazó al acto, si somos estrictos, sino a quienes participaron en él. Las protagonistas expresaron amor y unidad en y de su familia. En la película Lightyear apareció una escena en donde dos mujeres adultas manifiestan sus sentimientos con un beso de “piquito”.

La discusión, por llamarla de alguna manera, o la manifestación potenciada de estereotipos –tal vez sea más preciso llamarlo así– refleja una forma de entender los vínculos y censurar lo que no se etiqueta como “normal”. A una parte de la sociedad le molesta que dos personas del mismo sexo se unan. No es algo nuevo, ese rechazo tiene siglos, aunque es claro que la construcción y representación de la normalidad está cambiando.

A pesar del rechazo a ese beso, que dura lo mismo que un parpadeo, a un sector de la población que no forma parte de la comunidad de la diversidad sexual, sí le gusta ver sexo homosexual, lésbico o trans. El consumo de pornografía con este tipo de contenido refleja, al menos, un doble discurso. Lo anterior, con base en las estadísticas que ofrecen algunos de los sitios de pornografía que cada año publican sus informes de consumo o estudios académicos que informan que, al menos, dos de cada 10 personas que se asumen como heterosexuales han consumido pornografía gay.

El tímido beso en la película es muestra de la ruptura de tabúes en las formas en las que socializamos hoy. Los tipos de familia, el número de afectos y la naturaleza de los vínculos han cambiado, en algunos casos, y se han visibilizado, en otros. Si seguimos considerando que sólo existe un tipo de familia –aspecto que se resalta en la escena cuestionada– es no alcanzar a ver que hay familias homoparentales, biparentales, reconstituidas, adoptivas, extensas, sin hijos, entre otros. Convengamos en que lo importante en ellas es que haya amor.

La censura a la película es una mala noticia para la agenda de las libertades, lo que recuerda que aún falta mucho por hacer. Pero hay, al menos, dos que son buenas: vivimos en sociedades plurales, heterogéneas, en donde no hay –ni debe haber– una única forma de organizar la vida entre sujetos que, de entrada, son diferentes, y a las generaciones más jóvenes no les espanta lo que las más viejas rechazan, porque conviven, recrean y ven como natural a las diversidades.

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