A Estribor / Juan Carlos Cal y Mayor

El postdebate

Tirios y troyanos, casi todos coinciden en que el formato del debate fue muy malo empezando por las candidatas que así lo reconocieron. Acotado, poco dinámico, no les permitió explayarse como hubieran deseado. Fue un tiroteo entre preguntas, no respuestas, acusaciones. Coinciden los analistas en que Xóchitl lo desaprovechó. Esperaban una estocada que casi definiera la elección cuando aún faltan dos debates más. Si no se acuerdan modificaciones no hay que esperar demasiado. Todo quedará en las interpretaciones a conveniencia. Era por ello de esperase que se autoproclamaran victoriosas. A lo mejor es un adelanto de lo que vendrá la noche del dos junio sino hay una clara ganadora. Yo creo que si la habrá.

EL PRESIDENTE ENOJADO

El que se puso furibundo fue el presidente. No se aguantó las ganas de reclamar por las acusaciones a su gobierno. No comprende que es lo que está sujeto a examen. Casi le reclamó a Claudia que no lo defendiera. Como afirmó Xóchitl, parece que la puso de corcholata, pero en realidad la quiere de tapadera. Quiere que asuma que todo ha sido un éxito, que defienda la narrativa de la política en materia de salud, seguridad y combate a la corrupción que ha dado según él buenos resultados. Por ello tiene que darle continuidad a todo lo hecho por este gobierno. Si Claudia no lo hace puede que en el pecado lleve la penitencia. Ya sabe ahora que tiene literalmente que cargar con los muertos de López Obrador. No hay medias tintas, ni derecho a pataleo. Yo te puse y aquí y yo mando, es la consigna.

LAS ACUSACIONES

Al presidente le molestan mucho las acusaciones a sus hijos. Claudia dejó entrever que no quiere cargar con sus culpas ni solaparlos. “Si hay pruebas que las presenten”. Visiblemente anojado, defendió las políticas de su gobierno, se asumió víctima del debate y con derecho a réplica, se asume como candidato y es que lo es en los hechos porque no quiere permanecer al margen de la elección. Quería que Claudia sacara el pecho y recibiera las balas para salvar su honra familiar y proteger su legado. Quería ser el destinatario de sus elogios. Esa es la trampa donde está metida la candidata oficial. Tiene que decir que todo está bien y que así debe continuar. No puede destetarse a riesgo de una reprimenda como la que el presidente esbozó porque se vio que luego -en días subsecuentes- tuvo que refrendarle su fe.

DESPERDICIO

Lo dicho, el debate fue un desperdicio. No solo por los organizadores y las imperdonables fallas técnicas (el cronometro falló, el audio tenía eco), sino por su propia metodología. Esa propuesta de leer las preguntas que se hicieron llegar por parte de los ciudadanos y seleccionadas por una consultoría como si se tratara de una ciencia, más bien contenían prejuicios inducidos que desviaron el debate.

LOS OTROS DEBATES

Analizando los anteriores debates presidenciales no tiene nada que ver en comparación con este. El de 1994 es toda una ópera prima. En el participaron Ernesto Zedillo, Cuauhtémoc Cárdenas y Diego Fernández. A cada uno le dio tiempo suficiente para proyectar su ideario. También se prestó para el intercambio de señalamientos, pero no de lavadero. La moderadora de entonces se circunscribió a dar la palabra en el orden establecido. Eran otros tiempos, otra clase de políticos mucho mejor formados. La de Diego fue una autentica pieza oratoria. Cárdenas y Zedillo hablaron si titubear. No salieron con cartelitos ni con tarjetas como ahora se acostumbra. Dueños en todo momento de la situación, un gran ejercicio que si influyó en el ánimo ciudadano.

BANALIZACIÓN

Estamos presenciando en alta definición la banalización de la política. De ahí el descrédito de los partidos que han perdido su vocación de formar auténticos cuadros. Es la civilización del espectáculo, la de las risas y las poses fingidas, la de parecer, pero no ser presidenciables, la de la falta de soltura para expresarse sin temor a cometer el más mínimo error, la rentabilidad de los bisoños. El reino de los Cuahtémocs Blancos, las Laydas Sansores y el empoderamiento de los Cuitláhuacs, la degradación de la política, la república de los Mémes.

PERDIMOS NOSOTROS

No hubo ganadores ni perdedores, los que perdimos fuimos nosotros los ciudadanos. La única ganancia por ahora, es que se endereza el piso. Que se supone que unos 20 millones de ciudadanos vieron el debate, una cifra histórica, nada despreciable. Ojalá haya disposición y tiempo de corregir el formato. Si no es así nos vamos a quedar con una vaga idea del talante, del talento, de las personalidades. No se trata de ver quien es más corrupta. Es un tema tan trillado en los medios y las redes sociales que ya no hace tanta mella, más bien confunde. Un apático indeciso podría optar por mejor ya no votar si piensa que todos son iguales.

DOS MODELOS

Necesitamos verlas como estadistas. Lo que en realidad está en juego en efecto son dos modelos de país y no ese de volver al pasado neoliberal del Prian al que de todo culpan, ni tampoco de seguir repartiendo dinero a diestra y siniestra a ver quién ofrece más programas sociales. Se trata de consolidar el modelo autoritario, centralista, de pensamiento único y presidencialista que quiere cooptar y controlar a los demás poderes o de un mandato que acate la división y la autonomía de poderes, respete la libertad de expresión, entienda la pluralidad y pueda unir a los mexicanos. Lo más grave, sin embargo, es la rendición del estado ante el poder del narcotráfico, la abdicación del poder a su más alto deber que es el de preservar la paz y la convivencia social. Sin orden no habrá progreso.

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