Por Jhenyfeer Farrera
En el marco del Día Internacional de los Museos 2026, cuyo lema global; “Museos uniendo un mundo dividido», impulsa una reflexión urgente sobre el papel social de estas instituciones, vale la pena preguntarnos desde el sur y desde Chiapas: ¿siguen siendo los museos simples vitrinas del pasado o pueden convertirse en espacios vivos para disputar el presente?
Durante siglos, el museo fue concebido como un santuario de conservación: un recinto solemne donde objetos, reliquias y obras eran preservados bajo la lógica de la nación, el progreso o las élites culturales. En México, esta tradición estuvo profundamente vinculada al proyecto posrevolucionario de construcción identitaria: el museo como pedagogía nacionalista, como archivo del patrimonio y como aparato para narrar una historia oficial. Sin embargo, esta visión clásica también consolidó silencios: pueblos indígenas convertidos en piezas etnográficas, mujeres desplazadas de los relatos centrales, memorias comunitarias subsumidas por discursos institucionales y territorios narrados desde el centro.
Hoy, desde la museología crítica y contemporánea, esa idea se encuentra en tensión. Los museos ya no pueden limitarse a “guardar cosas”; se les exige intervenir en debates sociales, reconocer conflictos históricos, reparar exclusiones y abrirse a las comunidades que históricamente fueron observadas, pero rara vez escuchadas. En otras palabras, el museo contemporáneo deja de ser una bodega de objetos para convertirse en un agente político y cultural. Esta transición implica pasar de custodiar memorias a activar conversaciones incómodas sobre desigualdad, colonialismo, violencia, identidad y futuro.
La pregunta ya no es únicamente qué conserva un museo, sino qué voces legitima, qué cuerpos representa y qué disputas está dispuesto a alojar. Desde esta perspectiva, el visitante tampoco es un sujeto pasivo; se transforma en interlocutor, crítico y participante. La museología crítica plantea que un museo no sólo exhibe, también toma postura.
En México, esta discusión es particularmente compleja. Diversos análisis han señalado que muchos museos enfrentan abandono presupuestal, precarización institucional y desconexión con sus contextos sociales, mientras otros intentan reinventarse mediante prácticas participativas e inclusivas. La tensión entre conservación y transformación sigue abierta: entre ser monumento o ser plataforma.
Desde Chiapas, esta conversación adquiere otra dimensión. En un estado atravesado por desigualdades históricas, riqueza biocultural, luchas indígenas, resistencias feministas y disputas territoriales, un museo no puede ser únicamente un escaparate turístico. Debe preguntarse si está representando a las comunidades vivas o sólo estetizando su existencia.
El caso del Museo de la Ciudad de Tuxtla Gutiérrez resulta emblemático. Ubicado en una capital que constantemente debate su identidad entre modernización urbana, centralismo político y memoria regional, este espacio posee el potencial de ser mucho más que un recinto cultural: podría funcionar como foro de pensamiento crítico sobre la transformación de Tuxtla, sus procesos de desplazamiento, sus desigualdades urbanas, su historia zoque, sus juventudes creadoras y sus movimientos sociales. La cuestión es si realmente opera bajo esa lógica o si permanece atrapado en modelos tradicionales de exposición desconectados del conflicto contemporáneo.
Pensar críticamente el Museo de la Ciudad implica cuestionar: ¿qué ciudad narra?, ¿la del poder administrativo o la de sus periferias?, ¿la de las élites culturales o la de quienes construyen cotidianamente la vida urbana desde el sur popular? En una Tuxtla marcada por crisis ambientales, expansión desordenada, violencia de género y tensiones por el espacio público, un museo situado debería ser capaz de abrir exposiciones sobre justicia territorial, memoria barrial, arte comunitario, cuerpos disidentes y resistencias locales.
El museo contemporáneo, entonces, no sólo conserva patrimonio; puede convertirse en infraestructura para la democracia cultural. Pero esto requiere voluntad política, curadurías éticas, participación comunitaria y una ruptura con la neutralidad aparente. Porque ningún museo es neutral: toda selección de objetos, toda narrativa y toda omisión son decisiones políticas.
En este Día Internacional de los Museos, quizá la pregunta más importante no sea cuántas piezas resguarda una institución, sino qué tan profundamente puede dialogar con las fracturas de su tiempo.
Para Chiapas, territorio de memoria, resistencia y creación, los museos podrían ser espacios fundamentales para imaginar futuros más justos. Pero para lograrlo necesitan dejar de hablar sobre las comunidades y comenzar a hablar con ellas.
El museo del siglo XXI no debería ser sólo una casa para el pasado.
Debería ser también una trinchera para el presente y una posibilidad para el porvenir.








