Por Mario Escobedo
La muerte de una librería siempre parece una tragedia cultural. Y quizá lo es. Hace unos días cerró la histórica Librería Porrúa en Tuxtla Gutiérrez. Las reacciones no tardaron en aparecer: “la gente ya no lee”, “las nuevas generaciones están perdidas”, “TikTok acabó con los libros”. Como siempre, el diagnóstico fue rápido y profundamente nostálgico.
Y sí, hay una parte de verdad. México lee poco. Chiapas todavía menos. Las cifras sobre hábitos lectores llevan años mostrándonos un país donde el libro continúa siendo, muchas veces, un privilegio económico, educativo y simbólico. Leer en México implica tiempo, dinero, concentración y, sobre todo, condiciones materiales que no todos poseen. Resulta difícil romantizar la lectura cuando gran parte de la población vive atrapada entre jornadas laborales agotadoras, transporte público, precariedad y ansiedad cotidiana. El derecho al ocio también es un privilegio.
Pero quizá la discusión está mal planteada o tal vez y solo tal vez, existe otra conversación que estamos ignorando.
Tal vez la pregunta no es por qué los jóvenes ya no leen libros, sino en qué formatos, códigos y espacios están leyendo hoy.
Porque las nuevas generaciones sí leen. Leen todo el tiempo. Leen memes, subtítulos, hilos, chats, captions, publicaciones, fanfics, videojuegos, interfaces digitales, narrativas audiovisuales, algoritmos, símbolos y pantallas. Consumen historias fragmentadas, veloces y simultáneas. Interpretan imágenes, ironías y referencias culturales con una rapidez que muchas generaciones mayores apenas comprenden. El problema es que seguimos midiendo la lectura únicamente desde el paradigma del libro físico o en le mejor de los casos desde un Kindle.
Y ahí aparece una discusión profundamente cultural y hasta clasista.
Seguimos colocando al libro como “alta cultura”, mientras que otras formas de lectura son vistas como entretenimiento vacío o “baja cultura”. Como si leer una novela de 400 páginas fuera automáticamente superior a interpretar los complejos lenguajes digitales contemporáneos. Como si la legitimidad cultural dependiera todavía del papel, del silencio y de una biblioteca de madera.
Quizá el cierre de Porrúa no solo habla de una crisis lectora. También habla de un cambio de época que muchos todavía se resisten a aceptar.
La ciudad misma ha cambiado. Tuxtla ya no es aquella ciudad donde el centro funcionaba como espacio cultural de encuentro. Las dinámicas urbanas son otras. Las juventudes viven en territorios digitales, dijeran mis alumnos en el free fire. La conversación pública migró a las pantallas. Y mientras muchos adultos se preguntan cómo acercar a los jóvenes a los libros, quizá habría que hacer la pregunta inversa: ¿cómo nos acercamos nosotros a las nuevas formas de lectura?
Eso no significa renunciar a los libros. Mucho menos despreciar las librerías. Perder una librería siempre duele porque también desaparece un espacio físico para el pensamiento, la conversación y la imaginación. Pero defender el libro no debería implicar despreciar las nuevas formas culturales.
Tal vez el verdadero problema no es que los jóvenes hayan abandonado la lectura. Tal vez el problema es que seguimos creyendo que solo existe una manera válida de leer.
Y quizá ahí, justamente ahí, comienza la conversación que todavía no hemos querido tener.








