Por Jhenyfeer Farrera
El cierre de librerías en México no es una coincidencia ni una crisis reciente. Se trata de un fenómeno que lleva al menos dos décadas avanzando silenciosamente, impulsado por la precarización económica, el abandono cultural institucional y la transformación de los hábitos de consumo. Lo ocurrido recientemente con el cierre de Librería Porrúa en Tuxtla Gutiérrez no representa un caso aislado: es parte de una tendencia nacional que hoy golpea con especial dureza al sur del país.
Los datos oficiales ayudan a dimensionar el problema. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía, a través del Módulo sobre Lectura (MOLEC), reportó que en 2024 únicamente el 69.6% de la población alfabeta mayor de 18 años declaró haber leído algún material —libros, revistas, periódicos o contenidos digitales—, mientras que en 2015 la cifra alcanzaba el 84.2%. Es decir, en menos de una década hubo una caída de 14.6 puntos porcentuales en la práctica lectora.
El mismo estudio revela otro dato preocupante: la asistencia a librerías disminuye cada año. Las nuevas generaciones leen en otros formatos, principalmente digitales, pero eso no necesariamente fortalece la infraestructura cultural física del país. Las librerías, especialmente las independientes, enfrentan costos operativos elevados, bajas ventas y escasos apoyos públicos.
Sin embargo, reducir esta crisis a la idea de que “la gente ya no lee” resulta simplista y profundamente clasista. Pensar que una librería cierra únicamente por “falta de cultura” ignora las condiciones materiales que atraviesa gran parte de la población mexicana. En estados como Chiapas, donde miles de familias viven con ingresos limitados y priorizan necesidades básicas, la compra de libros suele desplazarse frente a gastos de alimentación, transporte, vivienda o tecnología.
La discusión no debería centrarse únicamente en el hábito lector, sino en las posibilidades reales de acceso a la cultura. Leer requiere tiempo, estabilidad económica, descanso y espacios adecuados. En un país marcado por jornadas laborales extensas y precarización creciente, el ocio cultural también se vuelve un privilegio.
A ello se suma el debilitamiento de bibliotecas públicas y espacios de lectura. Mientras otras ciudades fortalecen circuitos editoriales independientes y centros culturales, en el sur mexicano ocurre lo contrario: las librerías desaparecen y las bibliotecas reciben poca actualización bibliográfica. Incluso cadenas comerciales han reducido sus áreas dedicadas a libros.
Paradójicamente, muchas librerías sobreviven únicamente transformándose en cafeterías, galerías o centros culturales híbridos. Ya no basta vender libros: ahora necesitan ofrecer experiencias, actividades artísticas y espacios comunitarios para sostenerse económicamente. La librería contemporánea dejó de ser solamente un comercio para convertirse en un punto de encuentro social.
La propia UNESCO ha advertido que la lectura no depende únicamente de decisiones individuales, sino también de desigualdades estructurales relacionadas con educación, contexto social y acceso cultural.
En ese sentido, el cierre de librerías no debería interpretarse como “el fin de la cultura”, sino como un síntoma de algo más profundo: una sociedad cada vez más cansada, más precarizada y con menos tiempo para el pensamiento crítico y la vida cultural compartida.
Porque sí, la gente sigue leyendo. Lee en redes sociales, en teléfonos, en PDFs, en foros digitales y plataformas virtuales. Lo que está desapareciendo son los espacios físicos donde la lectura se convierte en conversación, comunidad y memoria colectiva.
Y esa pérdida no es menor.
Una librería que cierra no es solamente un negocio menos: es otra puerta que se apaga para el conocimiento público.








