¿Por qué la gente odia?
La pregunta la soltó en redes mi buen amigo José Juan Balcázar, el mejor caricaturista en prosa de Chiapas: ¿Por qué la gente odia?
Para empezar, la palabra, el sentimiento, la muina, ya tiene su propia carga, su peso. El odio es un chango en la espalda. Es demasiada atención y demasiado compromiso. Odio quiero más que indiferencia, porque el rencor duele menos que el olvido, cantaba Julio Jaramillo.
Es una verdad persistente en la historia humana. Cuando el mundo se vuelve complejo, incierto o amenazante, las personas no siempre responden con razón. Responden con simplificación que apela al orden. Y no hay herramienta más eficaz para simplificar que el odio.
Porque el odio tiene su audacia, reduce el caos y la incertidumbre a una figura, a una idea, a una persona. Le pone rostro al miedo y convierte en enemigo lo abstracto. Aunque suene un poco absurdo: es un mecanismo de orden y de estructura mental.
Es el chivo expiatorio de René Girard. Donde nos plantea que las comunidades, para evitar desbordarse en su propia violencia, canalizan su tensión hacia un “otro” que carga con la culpa colectiva.
Hannah Arendt lo lleva más lejos: ningún régimen basado en el control funciona sin la construcción sistemática de un enemigo. Visto así, el odio no surge solo. Se crea, se administra, se orienta, se cultiva. Se cuenta, se repite y tiene utilidad.
Ahí está el mero hoyo. El odio no es sólo una emoción. Es función. Es estrategia con fines claros. En política, por ejemplo, delimita identidades, cohesiona grupos y legitima decisiones. Permite decir “nosotros” porque ya definió quiénes son “ellos”.
Carl Schmitt lo decía con claridad y simpleza: lo político nace en la distinción entre amigo y enemigo. No hay comunidad sin esa línea. No hay organización sin esa tensión.
Desde otra esquina, Jonathan Haidt nos dice que las personas no se perciben a sí mismas como irracionales cuando odian. Al contrario. Se sienten moralmente correctas. El odio, muchas veces, no es una falla ética. Es una convicción.
Daniel Kahneman lo explicaría en términos más fríos: odiar es cognitivamente barato. Es una respuesta rápida, automática, sin matices. Frente a la complejidad, el cerebro elige atajos. El odio es uno de ellos.
Y hoy el odio circula sin frenos. Las redes de información no sólo transmiten datos: distribuyen emociones, narrativas, identidades. Y el odio, por su carga, viaja más rápido, conecta más fuerte y se reproduce con mayor facilidad.
Los algoritmos premian lo incendiario. Ahí están las páginas de “noticias” con millones de seguidores que se alimentan de morbo. Cámaras de eco que refuerzan creencias. Comunidades digitales que convierten la emoción en identidad.
En ese contexto, el odio deja de ser un recurso ocasional y se vuelve un lenguaje dominante con los consabidos riesgos de desbordamiento que a diario vemos en la televisión.
Albert Camus advertía que muchas de las violencias más radicales nacen de causas que, en su origen, eran legítimas. El problema, por supuesto, no es la indignación. El problema es cuando la indignación se convierte en una lógica permanente de confrontación, sin límites ni matices. Ya no adversarios, sólo enemigos.
Por eso, preguntarnos ¿por qué la gente odia? es insuficiente. La pregunta de fondo debe ser ¿qué hacemos con ese odio?
Eliminarlo es imposible. Es pedirle al mar que deje de hacer olas. Forma parte de la condición humana, de nuestra necesidad de pertenecer, de entender, de defendernos. Pero permitir que se convierta en la única forma de relación con el otro es una renuncia peligrosa.
Pero bueno, ¿quién es uno para juzgar?
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