La baja en encuestas, los señalamientos contra figuras públicas y las tensiones con aliados colocan al partido en una etapa incómoda
AquíNoticias Staff
Morena llega a la antesala electoral de 2027 con una pregunta incómoda sobre la mesa: si el partido gobernante atraviesa una crisis pasajera o si empieza a mostrar signos de desgaste político más profundo.
La discusión no surge de un solo episodio. En las últimas semanas se han acumulado frentes de tensión: señalamientos contra figuras vinculadas al poder público, acusaciones por presuntos nexos con el narcotráfico en Sinaloa, cuestionamientos por lujos atribuidos a dirigentes o familiares de liderazgos morenistas, diferencias con aliados y una medición de opinión que, según la encuesta de Lorena Becerra difundida por Latinus, registra una baja en la aprobación presidencial y en la intención de voto por Morena.
De acuerdo con esa medición, la aprobación presidencial habría pasado de 80 por ciento en marzo de 2025 a 59 por ciento en mayo de 2026. La desaprobación, en cambio, habría subido de 15 a 39 por ciento. En intención de voto para diputaciones federales, Morena habría bajado de 55 a 41 por ciento en el mismo periodo. No es una fotografía definitiva, pero sí una advertencia: incluso los partidos dominantes pueden resentir el costo de sus contradicciones.
El golpe más delicado está en Sinaloa. Autoridades de Estados Unidos señalaron a Rubén Rocha Moya, gobernador con licencia, y a exfuncionarios cercanos por presuntos vínculos con el Cártel de Sinaloa. Reuters reportó que dos exfuncionarios estatales, Gerardo Mérida Sánchez y Enrique Díaz, quedaron bajo custodia de autoridades estadounidenses por cargos relacionados con presunta colaboración con el cártel. Rocha Moya ha negado las acusaciones.
El caso ya no es solo judicial. También es político. El País reportó que la banca mexicana congeló de manera preventiva cuentas de Rocha Moya y otros señalados, con intervención de la Unidad de Inteligencia Financiera; la propia UIF precisó que esa medida no implica culpabilidad ni es definitiva.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha buscado separar el caso Sinaloa de Morena y ha sostenido que no se protegerá a delincuentes. También ha rechazado que las acusaciones comprometan a su partido o a su gobierno. Pero en política, la legalidad y la percepción pública avanzan por carriles distintos. Aunque una acusación no equivale a sentencia, el costo simbólico ya empezó a operar.
A la presión externa se suman los ajustes internos. Morena formalizó el relevo de Luisa María Alcalde y la llegada de Ariadna Montiel a la dirigencia nacional, en un movimiento orientado a preparar al partido para la elección intermedia de 2027. Montiel recibió un partido fuerte, pero menos cómodo: con tensiones internas, aliados más exigentes y una oposición que busca convertir cada controversia en prueba de desgaste.
La marcha convocada por Morena en Chihuahua contra la gobernadora Maru Campos mostró otro síntoma: la disputa por la calle ya no se resuelve solo con estructura partidista. Mientras Morena afirmó que reunió a 20 mil personas, distintas lecturas críticas pusieron el acento en la resistencia local, los reclamos contra dirigentes morenistas y el desgaste del discurso de soberanía cuando se mezcla con crisis de seguridad.
El problema de fondo para Morena no está en una encuesta ni en una marcha. Está en la acumulación. Un partido que construyó buena parte de su identidad sobre la austeridad, la superioridad moral y la promesa de ser distinto enfrenta ahora el riesgo de parecerse demasiado a aquello que criticó.
Decir que Morena está en declive puede ser prematuro. Tiene gobierno federal, presencia territorial, programas sociales, maquinaria electoral y una oposición todavía fragmentada. Pero negar que enfrenta señales de desgaste sería políticamente ingenuo.
La pregunta rumbo a 2027 no es solo cuántos votos puede conservar Morena. La pregunta es si podrá sostener su relato de transformación cuando la agenda pública empieza a llenarse de acusaciones, fracturas, lujos, disputas internas y costos de gobierno.
El electorado tendrá la última palabra. Pero el dato político ya está ahí: Morena sigue siendo el partido dominante, aunque ya no parece intocable.








