El gobierno defiende que los precios están bajo control y presume acuerdos para contener gasolina y canasta básica. Pero una cosa es la narrativa oficial y otra la experiencia diaria de las familias frente al gasto
AquíNoticias Staff
La presidenta Claudia Sheinbaum sostiene que la inflación “está contenida” y que el gobierno trabaja para evitar aumentos en combustibles y en 24 productos de la canasta básica. La apuesta oficial pasa por estímulos a gasolinas, acuerdos con productores y comercializadores, la continuidad del PACIC con una canasta de referencia de 910 pesos, y entendimientos con gasolineros para mantener la gasolina regular en 23.99 pesos y el diésel en rangos que no rebasen los 28 pesos por litro. En ese mismo mensaje, la Profeco informó que, hasta el 13 de abril, había visitado 27 estaciones y colocado sellos de advertencia en 13 por precios excesivos.
Políticamente, el mensaje está claro: transmitir estabilidad. Decirle al país que no viene una espiral de precios. Decirle al consumidor que hay gobierno, vigilancia y acuerdos. Decirle al mercado que el Ejecutivo está atento. Esa narrativa tiene lógica política. El problema empieza cuando esa narrativa baja del atril y se topa con la despensa.
Porque los datos oficiales sí muestran que la inflación no está en los picos más severos de años recientes, pero también muestran algo menos cómodo para el discurso: en marzo de 2026 la inflación general anual fue de 4.59%, arriba del 3.80% registrado en marzo de 2025. La inflación subyacente fue de 4.45% y la no subyacente de 5.05%. Es decir: puede hablarse de contención frente a episodios más agudos, pero no de una inflación baja ni plenamente resuelta.
Además, hay otro dato clave que el discurso político suele bordear: el objetivo permanente de Banco de México para la inflación es 3%, con un intervalo de variabilidad de ±1 punto porcentual. Bajo ese parámetro, una inflación de 4.59% no está dentro del rango meta; está por encima del techo de tolerancia. Dicho de otro modo: “contenida” no significa “resuelta”, y mucho menos “superada”.
Ahí entra la pregunta ciudadana, que no se responde con gráficas sino con tickets de compra: ¿se siente o no se siente? Y la verdad política es que, para una parte importante de la población, no se siente como alivio. No porque los indicadores oficiales sean falsos, sino porque la economía cotidiana no se mide solo por la variación anual del índice general. Se mide por lo que cuesta llenar el tanque, pagar el gas, surtir la semana, cubrir transporte, renta, escuela, medicamentos y comida sin tener que recortar otra cosa.
El gobierno puede exhibir que la canasta de referencia bajó de 1,039 a 910 pesos bajo el esquema del PACIC. Puede también presumir que México se ubica entre los países con gasolina relativamente más barata dentro de la OCDE, según lo expuesto por Profeco. Pero la percepción social no se acomoda automáticamente a esa comparación internacional. La familia no compra en la OCDE: compra en su colonia. Y en la colonia, el problema no siempre es si el dato macro mejoró, sino si el dinero alcanza mejor que antes.
Por eso la discusión no es solo técnica. Es política. Cuando un gobierno insiste en que la inflación está controlada, lo que en realidad está disputando es el relato del bienestar. Quiere fijar la idea de que la situación está bajo mando. Pero si el ciudadano sigue sintiendo que todo cuesta más, entonces la distancia entre indicador y experiencia se vuelve un problema de credibilidad.
Esa distancia no es menor. En marzo de 2026, el Indicador de Confianza del Consumidor se ubicó en 44.1 puntos, con una baja mensual de 0.3 puntos. No es una prueba aislada de malestar, pero sí una señal de que la percepción social sobre la economía no camina con el optimismo que a veces pretende la comunicación política.
La clave, entonces, no está en negar los datos ni en dramatizarlos de más. Está en decir las cosas con precisión. Sí: el gobierno ha desplegado mecanismos para evitar presiones mayores en gasolina y básicos. Sí: la inflación actual no equivale, por sí sola, a los peores momentos recientes. Pero también sí: el nivel inflacionario sigue por encima de la meta de Banco de México, subió frente al mismo mes del año pasado y no necesariamente se traduce en una sensación de respiro en la mesa familiar.
Y ahí está el punto de fondo para cualquier reflexión honesta con el ciudadano: la inflación puede estar “contenida” en la narrativa oficial, pero mientras el bolsillo no lo confirme, el debate seguirá abierto. En política económica, no basta con controlar la gráfica. Hay que convencer a la vida diaria.








