Estudios recientes asocian el gaming moderado con mejoras en bienestar psicológico, memoria espacial y algunas funciones cognitivas, aunque especialistas advierten que no es una cura ni una fórmula universal
AquíNoticias Staff
Lejos de la vieja idea de que jugar videojuegos es sólo una distracción o una práctica sedentaria, nuevas investigaciones apuntan a que, en ciertas condiciones, el gaming puede asociarse con beneficios en bienestar psicológico y en algunas funciones cognitivas. La evidencia más sólida y reciente no permite hablar de “medicina” ni de una fórmula universal, pero sí de un cambio de mirada: jugar con moderación puede aportar algo más que entretenimiento.
Un estudio publicado en Nature Human Behaviour en 2024, con datos de casi 100 mil personas en Japón, encontró que la posesión de consolas y el aumento del tiempo de juego se asociaron con una mejora del bienestar mental, incluida una reducción del malestar psicológico y una mayor satisfacción con la vida. El hallazgo es relevante porque usó métodos de inferencia causal, aunque sus autores no plantean que cualquier videojuego, en cualquier cantidad, produzca el mismo efecto.
En el terreno cognitivo, la literatura científica sí ha documentado beneficios concretos en tareas ligadas a memoria espacial, atención y aprendizaje. Un trabajo publicado en The Journal of Neuroscience mostró que el entrenamiento con videojuegos 3D mejoró el rendimiento asociado al hipocampo, una región clave para la memoria. A ello se suma un estudio de 2017, difundido por la Universidad de Montreal, que reportó aumentos de materia gris en el hipocampo en adultos mayores que jugaron de forma regular títulos de plataformas en 3D.
La UOC también ha difundido resultados y proyectos que colocan a los videojuegos dentro del campo terapéutico, sobre todo en salud mental y aprendizaje. En 2024 informó que los serious games pueden ser eficaces para reducir síntomas de ansiedad y depresión en determinados contextos, aunque ese enfoque se refiere a videojuegos diseñados con fines terapéuticos y no equivale, por sí solo, a decir que cualquier consumo de videojuegos tenga el mismo efecto.
En 2026 también aparecieron estudios sobre comunidades de juego y bienestar emocional. Una investigación difundida en PubMed/JMIR Formative Research analizó una intervención comunitaria basada en videojuegos para adultos con soledad y siguió cambios a 30 y 60 días en depresión, ansiedad y bienestar psicológico. Sus resultados apuntan a la viabilidad de estos espacios como apoyo emocional, aunque se trata de un ámbito todavía en desarrollo y no de una recomendación clínica general para toda la población adulta.
Lo que sí sostiene la evidencia es que no todos los juegos exigen lo mismo del cerebro. Los títulos tridimensionales, de estrategia o de resolución de problemas suelen demandar orientación espacial, memoria de trabajo, planeación y atención selectiva. Esa diferencia importa porque buena parte de los beneficios reportados en la literatura aparecen vinculados a experiencias de juego más complejas, no a cualquier dinámica repetitiva o de recompensa rápida.
El matiz sigue siendo decisivo. Los propios estudios y revisiones advierten que los efectos positivos dependen del contexto de uso, del tipo de juego y de la moderación. La investigación disponible respalda que el gaming puede contribuir al bienestar y a ciertos procesos cognitivos, pero no justifica convertirlo en una receta simple ni ignorar riesgos como la alteración del sueño, el uso problemático o el aislamiento cuando el consumo se vuelve excesivo.
En otras palabras, el debate ya no pasa por demonizar o idealizar los videojuegos. Pasa por entenderlos mejor. La ciencia disponible permite decir que jugar, en dosis razonables y bajo ciertas condiciones, puede ser una actividad cognitivamente demandante y emocionalmente valiosa. Pero también obliga a no exagerar: hoy por hoy, los videojuegos pueden ser una herramienta útil; no una cura milagrosa.








