El error de controlar los precios
La historia económica tiene una peculiaridad incómoda: insiste en repetirse, aunque quienes toman decisiones se empeñen en ignorarla. Pocas lecciones han sido tan constantes —y tan desoídas— como la del control de precios. Durante más de cuatro mil años, gobiernos de todo tipo han intentado contener la inflación fijando precios o salarios. El resultado ha sido siempre el mismo: escasez, mercados negros y distorsión económica.
CUATRO MIL AÑOS DE FRACASO
No se trata de una postura ideológica, sino de evidencia empírica. Como documentan Robert L. Schuettinger y Eamonn F. Butler en 4000 años de control de precios y salarios, “no existe un solo caso en la historia en el que el control de precios haya detenido la inflación o resuelto la escasez de productos”. La historia, más que maestra, parece advertencia ignorada.
EL ESPEJO MEXICANO
México ya recorrió ese camino. El último intento serio de control generalizado de precios ocurrió durante el gobierno de Luis Echeverría. En su afán por contener el alza —provocada por el gasto público desbordado— el Estado intervino directamente en la economía. El desenlace fue previsible: desabasto, distorsiones y una crisis que terminaría estallando. No se combatió la inflación; se pospuso su costo.
VOLUNTARIAMENTE A LA FUERZA
Hoy, medio siglo después, el discurso regresa con otros nombres. La presidenta Claudia Sheinbaum ha advertido que utilizará “todos los recursos del Estado” para garantizar que se respeten los llamados topes “voluntarios” en los combustibles. Lo voluntario, respaldado por la coerción. Y no solo mediante inspecciones de Profeco, sino con algo mucho más delicado: el uso del SAT como herramienta de presión.
EL ERROR DE FONDO
El mensaje es claro: si los precios suben, alguien debe pagar. Y ese alguien no será el diseño de la política económica, sino el empresario, el comerciante, el gasolinero. Pero los precios no son un capricho; son señales. Reflejan costos, logística, impuestos, riesgos. Intervenirlos no elimina esas variables; solo las distorsiona.
DINERO QUE SOBRA, PRODUCCIÓN QUE FALTA
El problema, como siempre, está en otro lado. La inflación surge cuando el dinero crece más rápido que la producción. Y en México ese aumento del circulante no es casual: responde a una política deliberada de gasto, donde los programas sociales —convertidos en herramientas clientelares— inyectan liquidez sin un respaldo productivo equivalente. Son, en buena medida, el sostén político del régimen.
POCOS PAGAN, MUCHOS RECIBEN
A esto se suma una realidad estructural: un país con altísima informalidad donde pocos pagan y muchos reciben. La consecuencia es inevitable: sobre ese reducido grupo formal recae cada vez mayor presión fiscal. El sistema exprime a quienes cumplen para sostener un modelo que distribuye sin generar.
LA FACTURA DIFERIDA: DEUDA
Y por si faltara algo, el endeudamiento. En apenas siete años, la deuda pública se ha duplicado. Es decir, no solo se gasta lo que se tiene: se compromete el futuro para sostener el presente. Una combinación peligrosa que explica mucho más sobre la inflación que cualquier margen de ganancia en una estación de servicio.
DEL CONTROL AL MIEDO
Pero en lugar de corregir el origen, se opta por perseguir el efecto. Se colocan lonas, se anuncian inspecciones, se amenaza con auditorías. Se pretende disciplinar al mercado sin entenderlo. Y peor aún, se introduce la discrecionalidad fiscal como instrumento de control.
Cuando el SAT deja de ser autoridad recaudadora para convertirse en herramienta de presión, el problema ya no es solo económico: es institucional. Se erosiona la certeza jurídica, se inhibe la inversión y se sustituye la confianza por el miedo.
LA HISTORIA NO PERDONA
El control de precios es, en el fondo, una narrativa conveniente. Permite construir culpables visibles y desviar la atención de decisiones estructurales. Pero la economía no responde a discursos. Responde a incentivos.
Y cuando los incentivos se distorsionan, la realidad termina imponiéndose, como lo ha hecho durante cuatro mil años.
Porque al final, el precio que se intenta controlar no es el de la gasolina. Es el de la verdad.
Nota: La imagen ilustrativa que acompaña este texto ha sido generada mediante inteligencia artificial. El contenido de esta columna es producto de análisis, documentación y redacción propia del autor.








