El Mundial Femenino y las desigualdades / Claudia Corichi

El 20 de agosto será la final de la novena Copa Mundial Femenina de la FIFA. El torneo contó por primera vez con la participación de 32 equipos (México no logró su pase) y con sedes compartidas en Australia y Nueva Zelanda. Ese organismo previó una audiencia de 2 mil millones de espectadores durante todo el encuentro y una asistencia de un millón y medio de personas a los 64 partidos.

El Mundial ha sido emocionante desde su inauguración simultánea que contó con 75 mil asistentes en Sídney y 42 mil en Auckland, Nueva Zelanda. En ese escenario terminan sus carreras la estadunidense Megan Rapinoe y la brasileña Marta Vieira, cuyas selecciones fueron eliminadas en la ronda de octavos de final.

El caso de Rapinoe es sobresaliente y me encanta. La capitana nacida en California ha sido una diestra futbolista en la cancha y una combativa activista defensora de la igualdad salarial y los derechos de las minorías fuera de ella, que resistió duras críticas de Trump por negarse a acudir a la Casa Blanca cuando el combinado norteamericano se coronó hace cuatro años.

El tesón de Rapinoe logró un éxito en 2020 gracias a una campaña contra la desigualdad salarial denominada “mismo juego, mismo pago” que obligó a la Federación de Futbol de Estados Unidos a compensar a las jugadoras de la selección que demandaban el mismo trato que los hombres por participar en justas mundialistas.

Por otra parte, Vieira da Silva además de ser una estrella goleadora, es una ferviente promotora de la igualdad de mujeres y niñas en su país. Desde 2019 dejó de portar calzado patrocinado por marcas deportivas para distinguir el trato que se ofrece a hombres y mujeres en ese deporte.

Los derechos de transmisión, la venta de entradas y patrocinios conforman lo ingresos más importantes de un club de futbol, eso explica que 11 de las 15 jugadoras mejor pagadas que participan en el Mundial sean las estadunidenses. A pesar del incremento del monto en premios y estímulos anunciados por la FIFA, son amplias las brechas respecto al Mundial de Qatar en el que los futbolistas recibieron 440 millones de dólares (mdd), contra 110 millones que recibirán las mujeres en la competición que se desarrolla en Oceanía, una brecha de 330 millones, una diferencia de 4 a 1.

Se ha dicho reiteradamente que las audiencias y los patrocinios entre ambos torneos son incomparables, en efecto lo son, como abismales los salarios de las estrellas de uno y otro lado. En 2022 el francés Kylian Mbappé ganó 128 mdd contra la jugadora mejor pagada del mundo, la norteamericana Alex Morgan que obtuvo 7.1 millones de dólares según Forbes.

La lista de disparidades es larga. El conjunto argentino recibió en total 52 millones de dólares por conquistar la copa en Qatar. El equipo femenino que triunfe el 20 de agosto obtendrá 4.3 mdd para su asociación y 270 mil dólares por cada jugadora. Además, la mayor parte de mujeres no se dedican en exclusiva al juego. Una investigación halló que en los Campeonatos Europeos Femeninos de 2022, el 66% de ellas tuvo que tomar una licencia o una licencia no remunerada para participar en los torneos.

Las jugadoras todas, mundialistas o no, nos llenan de orgullo, porque han ido rompiendo techos de cristal en el balompié. Sin duda falta, hagamos que sea justo y rentable el deporte femenino y combatamos las desigualdades a su alrededor.

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