Fui a tratarme un lunar y la dermatóloga me medicó contra la vejez: el miedo absurdo a envejecer

El miedo al envejecimiento en las sociedades industrializadas es bastante común: a mayor edad, menor eficacia y menos capacidad de producir y reproducirse

Diana Hernández Gómez / Cimac Noticias 

En los últimos años he optado por buscar exclusivamente a mujeres especialistas para atender mi salud física y emocional; las incómodas experiencias con los médicos han sido, en gran parte, lo que me orilló a tomar esta decisión. Pero recientemente aprendí que estar con mujeres médicas no es garantía de un trato deconstruido o consciente. Lo que viene a continuación es el relato de algo que pudo pasarle a cualquiera de nosotras: una historia de cómo fui con la dermatóloga para atenderme un lunar y terminó medicándome contra la vejez.

Mi piel y yo tenemos 28 años. Como hemos sido compañeras toda la vida, tenemos marcas físicas, recuerdos de caídas, subidas y bajadas de peso, tardes asoleadas, una que otra marca de acné y el maltrato de la contaminación de la inmensamente sucia Ciudad de México. Sin embargo, estas marcas no fueron lo que me llevó a la dermatóloga hace unas cuantas semanas.

Desde pequeña tengo un lunar al lado izquierdo de la nariz. Es un lunar que cargaba con mucha pena de niña y adolescente pero que ahora, en la adultez, he terminado de aceptar con naturalidad –aunque lo admito, no sin algo de resistencia–. No obstante, hace unas semanas, ese lunar me empezó a molestar con cierta comezón, entonces pensé que era una buena oportunidad para revisarlo y, si era posible, retirarlo.

Con esta decisión en mente, busqué a una dermatóloga y solicité una cita, a la cual acudí confiada en que sería una experiencia agradable y respetuosa. Llevo más de un año en tratamientos con una ginecóloga y una terapeuta que nunca me han hecho sentir incómoda con base en estereotipos y juicios absurdos sobre mi cuerpa, ¿por qué sería diferente esta vez?

Por absolutamente todo…

¿Quién te dijo que no quiero envejecer?

Al inicio de la consulta todo iba perfectamente bien: la dermatóloga –quien no debía tener más de 35 años– me revisó cabello, uñas, piel y el mentado lunar por el que acudí a consulta. “Como es la primera vez que nos vemos tengo que hacer una evaluación general”, me aclaró.

Terminada la examinación, ya sentadas frente a frente, la especialista tomó una hoja y empezó a escribir una larga lista de cosas que yo jamás le pedí. Y a esa lista se sumó también una extensa explicación que comenzó con la frase  “quiero empezar a tratarte para evitar las arrugas”.

Mi rostro, además “imperfecto”, es a veces demasiado expresivo, así que no pude ocultar una mueca de confusión y asombro que la dermatóloga intentó disipar al agregar: “Tienes una piel muy bonita a pesar de que no usas nada en ella, pero está bien empezar a prevenir el envejecimiento”.

Y la lista siguió y siguió.

En ese momento me pasó algo similar a lo que puede suceder con el acoso: te enoja, asquea, pero a veces también te paraliza. Así, mientras la especialista nombraba productos uno tras otro y me explicaba cómo usarlos y para qué servían –contorno de ojos, crema nocturna, ojeras, bolsitas…–, yo solo tenía una oración en mi mente: ¿Quién te dijo que no quiero envejecer?

En mi experiencia y la de otras mujeres conocidas, no es extraño que las y los dermatólogos tengan un enfoque puramente estético respecto al cuidado de la piel.
Fotografía: Pexels

Esta fue la segunda vez que yo visitaba a una dermatóloga. Ya desde la primera ocasión, cuando tenía entre 13 y 14 años, pensaba que esa debía ser una de las especialidades médicas más caras. Pero lo que en ese entonces me pareció un lujo, lo sentí en esta última visita como una clara falta de perspectiva por parte de la especialista.

En primer lugar, por asumir que si pude costearme una consulta con ella significaba también que podía adquirir los más de 10 productos que me recetó. Y en segundo, por intentar medicarme desde un punto de vista exclusivamente estético para cuestiones que en realidad no son problemas.

No obstante, algo que también rondaba mi cabeza en esos minutos que percibí en extremo incómodos fue que, en realidad, la doctora no tenía la culpa absoluta de esa perspectiva sesgada.

Envejecer como mujer: un estigma que nos pisa los talones

En su artículo Aspectos psicosociales en el envejecimiento de las mujeres, las investigadoras españolas Dolores Castaño e Isabel Martínez-Benlloch explican que el miedo al envejecimiento en las sociedades industrializadas es bastante común: a mayor edad, menor eficacia y menos capacidad de producir (y reproducirse).

Sin embargo, de acuerdo con las especialistas en psicología, este temor aumenta en las mujeres debido a la pérdida de los atributos que el sistema patriarcal nos ha exigido históricamente. Conforme las arrugas, la ganancia de peso y menopausia van apareciendo, la delgadez, el erotismo y las pieles siempre pulcras quedan en el olvido.

De ahí que no sea casualidad que envejecer “bien” para una mujer –por lo menos en la sociedad occidental– muchas veces sea sinónimo de convertirse en una sugar mommy o una milf (término retomado, además, de la industria pornográfica): mujeres que, a pesar de tener más de 40 o 50 años y ser madres de familia, mantienen cuerpos con cualidades deseables para los hombres. Esto, en muchas ocasiones a costa de tratamientos y cirugías que revierten los efectos naturales del tiempo en nuestras cuerpas.

Pero ¿qué pasa si dejamos que ese tiempo surta efecto? Para Castaño y Martínez-Benlloch –y seguramente para muchas mujeres que tú y yo conocemos–, las consecuencias repercuten, sobre todo, en nuestra salud mental. La depresión, baja autoestima y los trastornos de personalidad son solo algunas de las consecuencias que acompañan el proceso de envejecimiento en los cuerpos femeninos.

Estos mismos efectos pueden apreciarse, por ejemplo, después del embarazo o tras una mastectomía, y su raíz casi siempre es la misma: la pérdida de un cuerpo que se nos ha demandado tener y por el que tanto sufrimos a lo largo de nuestras vidas.

Por otro lado, de acuerdo con la doctora en Ciencias en Salud Colectiva, Marissa Vivaldo Martínez, el miedo al envejecimiento en las mujeres también se relaciona con las formas de representación de los cuerpos femeninos en la vejez.

Basta cerrar los ojos por un segundo y dejar que las imágenes fluyan: abuelas que tejen, cuidan a las y los nietos, y preparan té. También preguntémonos: ¿cómo es la imagen estereotípica de las brujas? Ancianas, mujeres arrugadas y malévolas que muchas veces tienen envidia de las mujeres más jóvenes y hermosas que ellas.

Ese es el mensaje de la sociedad para nosotras: envejecer es perder el erotismo, y perder el erotismo es perder todo lo que una vez te hizo feliz (o mejor dicho, hizo felices a los hombres).

Fotografía: Wikimedia Commons

Mi cuerpo, mi decisión

En realidad, solo hay una cosa que me da miedo de envejecer. De acuerdo con Dolores Castaño e Isabel Martínez-Benlloch, con dicho proceso también llega la disminución de poder adquisitivo y estatus social; además, según las investigadoras, esto repercute de forma aún más intensa en las mujeres.

Sin embargo, ese temor tampoco puede quitarme el sueño: ser mujer es –a veces tristemente, a veces con mucho orgullo– una lucha constante, y estoy segura de que la fuerza que he adquirido en estos años no desaparecerá con el paso del tiempo, aun cuando mi cuerpo se arrugue y tenga todavía más marcas de las que me reconozco ahora.

Quizá si la voz de la dermatóloga no me hubiera dejado congelada, hubiera podido responderle todo esto en lugar de dejarla recetar para impedir mi inevitable vejez. Quizá también, hubiera podido decirle que quitarme ese lunar sí es un deseo estético casi completamente que, sin embargo, es mío y de nadie más.

Yo no quiero evitar hacerme vieja. Yo quiero a mi cuerpa, incluso cuando a las mujeres siempre se nos pide lo contrario. Y nada más.

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