Las siete joyas de la selva baja, el tesoro oculto de los jocotales en Chiapas

De la mano de la Reserva Tío Tiburcio, se busca preservar especies emblemáticas como el Nuriacamo y el Iguanita, las cuales se enfrentan a la extinción por el desinterés generacional

Primer Plano Magazine / Noé Juan Farrera Garzón

Chiapas resguarda un patrimonio alimentario invaluable en su selva baja caducifolia: siete variedades de jocote o ciruela tropical que otorgan una identidad única a la región. A pesar de que el conocimiento popular suele limitarse a dos tipos, expertos y productores como el maestro Rubicel Jiménez Nuriulú han identificado y preservado la diversidad total de este fruto en la Reserva Natural Tío Tiburcio, ubicada en Chiapa de Corzo. Este santuario botánico alberga actualmente más de 300 árboles de estas especies endémicas, con la meta de alcanzar los mil ejemplares para revertir su peligro de extinción.

La diversidad del jocote se manifiesta en formas, colores y usos específicos que van más allá del consumo tradicional. Entre las variedades destaca el jocote largo (también llamado de agua o varón rojo), que es la primera en madurar y la más utilizada para el tradicional curtido debido a su rápida producción. Por otro lado, el jocote chapía es el que más se comercializa en los mercados locales por ser más carnoso y resistente para la venta directa.

El tesoro genético de la reserva incluye variedades poco conocidas por las nuevas generaciones. El nuriacamo se distingue por ser un jocote amarillo de gran tamaño con una protuberancia característica ; el iguanita posee una piel gruesa y es el último en madurar, siendo ideal para licuados con flor de cempasúchil. A esta lista se suman el jocote corona, el tronador y la heresía, cada uno con tiempos de maduración y perfiles de sabor distintos que permiten una producción constante si se procesan de manera natural.

La preservación de estas siete especies en la Reserva Tío Tiburcio no es solo un esfuerzo agrícola, sino una escuela de educación ambiental. Al rescatar estas variedades, se protege también la historia de Chiapa de Corzo, donde antiguamente los jocotales dominaban el paisaje. Hoy, el reto es reconectar a la sociedad con esta herencia, transformando cada variedad en productos de valor agregado que garanticen que ninguna de estas siete maravillas desaparezca de nuestra mesa.

Chiapas resguarda un patrimonio alimentario invaluable en su selva baja caducifolia: siete variedades de jocote o ciruela tropical que otorgan una identidad única a la región. A pesar de que el conocimiento popular suele limitarse a dos tipos, expertos y productores como el maestro Rubicel Jiménez Nuriulú han identificado y preservado la diversidad total de este fruto en la Reserva Natural Tío Tiburcio, ubicada en Chiapa de Corzo. Este santuario botánico alberga actualmente más de 300 árboles de estas especies endémicas, con la meta de alcanzar los mil ejemplares para revertir su peligro de extinción.

La diversidad del jocote se manifiesta en formas, colores y usos específicos que van más allá del consumo tradicional. Entre las variedades destaca el jocote largo (también llamado de agua o varón rojo), que es la primera en madurar y la más utilizada para el tradicional curtido debido a su rápida producción. Por otro lado, el jocote chapía es el que más se comercializa en los mercados locales por ser más carnoso y resistente para la venta directa.

El tesoro genético de la reserva incluye variedades poco conocidas por las nuevas generaciones. El nuriacamo se distingue por ser un jocote amarillo de gran tamaño con una protuberancia característica ; el iguanita posee una piel gruesa y es el último en madurar, siendo ideal para licuados con flor de cempasúchil. A esta lista se suman el jocote corona, el tronador y la heresía, cada uno con tiempos de maduración y perfiles de sabor distintos que permiten una producción constante si se procesan de manera natural.

La preservación de estas siete especies en la Reserva Tío Tiburcio no es solo un esfuerzo agrícola, sino una escuela de educación ambiental. Al rescatar estas variedades, se protege también la historia de Chiapa de Corzo, donde antiguamente los jocotales dominaban el paisaje. Hoy, el reto es reconectar a la sociedad con esta herencia, transformando cada variedad en productos de valor agregado que garanticen que ninguna de estas siete maravillas desaparezca de nuestra mesa.

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