Quechula, entre la admiración y el peligro: el deterioro que amenaza su legado

Es sin duda un atractivo turístico sin protección frente al colapso inminente

Primer Plano Magazine / Noé Juan Farrera Garzón

En el norte de Chiapas, dentro del municipio de Tecpatán, emerge cada año durante la temporada de estiaje, una de las postales más impactantes del estado: el templo hundido de Quechula. Esta construcción, dedicada a Santiago Apóstol y edificada en el siglo XVI por frailes dominicos, forma parte de un antiguo asentamiento que quedó bajo el agua tras la creación de la presa Malpaso en la década de 1960.

Desde entonces, su aparición intermitente ha generado asombro y curiosidad entre visitantes locales, nacionales e internacionales.

El templo destaca por su arquitectura de estilo colonial, con muros de piedra robustos, arcos de medio punto y una fachada sobria que, a pesar del paso del tiempo, conserva parte de su imponencia. Cuando el nivel del agua desciende, la estructura se revela casi intacta desde la distancia, creando un contraste visual entre la piedra envejecida y el paisaje acuático que la rodea.

Sin embargo, al acercarse, la realidad es distinta: grietas profundas, desprendimientos y zonas visiblemente debilitadas evidencian el desgaste acumulado por décadas de inmersión y exposición.

Más allá de su valor histórico y estético, el templo de Quechula enfrenta un deterioro acelerado tanto por causas naturales como por la intervención humana. La constante humedad, los cambios de temperatura y la presión del agua han debilitado su estructura, mientras que la afluencia de visitantes —sin regulación alguna— incrementa el riesgo. Cada año, durante la temporada seca, cientos de personas recorren el sitio, suben a sus muros y se adentran en áreas que claramente muestran signos de fragilidad.

Uno de los puntos más críticos es la estructura frontal, que aún se mantiene en pie pero presenta daños considerables, así como una de las paredes laterales por donde los visitantes suelen escalar para obtener fotografías. En ambos casos, el riesgo de colapso es latente. A pesar de ello, no existe un control visible por parte de las autoridades que limite el acceso o establezca medidas de seguridad para quienes llegan al lugar.

El acceso al templo no es sencillo. Algunos visitantes llegan por vía acuática, a través de recorridos ofrecidos por prestadores de servicios locales, mientras que otros intentan aproximarse por carretera en condiciones poco favorables. Esta complejidad ha hecho que solo unos cuantos operadores turísticos mantengan activa la ruta, lo que, paradójicamente, no ha evitado que el sitio reciba un flujo constante de personas sin supervisión adecuada.

La situación actual del templo hundido de Quechula obliga a replantear su aprovechamiento turístico. La falta de regulación, sumada al deterioro estructural, no solo pone en riesgo la conservación de este patrimonio histórico, sino también la integridad de quienes lo visitan. Es evidente que se requiere una intervención urgente, que contemple medidas de protección, señalización y control de acceso.

El llamado es claro: visitantes, prestadores de servicios y autoridades deben extremar precauciones. La conservación de este sitio no puede depender únicamente de la admiración que genera. Es necesario actuar antes de que el deterioro avance a un punto irreversible o, peor aún, ocurra un incidente que lamentar. Quechula no solo es una postal; es un testimonio histórico que merece ser protegido y recorrido con responsabilidad.

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