Especialistas plantean que el alejamiento adolescente no debe leerse como ruptura definitiva, sino como parte del desarrollo. La tarea de madres y padres, dicen, es combinar escucha, límites y acompañamiento
AquíNoticias Staff
El momento en que un adolescente comienza a alejarse de su familia suele vivirse en casa como una señal de pérdida, desconcierto o incluso rechazo. Pero ese distanciamiento no necesariamente significa ruptura. De acuerdo con el material compartido para esta nota, se trata de una etapa vinculada con la construcción de identidad, aunque para madres y padres implique también un reto emocional: asumir el cierre de la infancia y encontrar una nueva forma de estar presentes.
La idea central no es perseguir ni soltar. El psicólogo Emiliano Villavicencio advierte que la función de los padres sigue siendo la de una base segura: respetar el alejamiento, pero permanecer disponibles para escuchar, orientar, aconsejar o poner reglas cuando haga falta. En otras palabras, la adolescencia exige una presencia distinta, menos invasiva, pero no ausente.
Entre las estrategias señaladas por especialistas citados en el texto destacan cinco. La primera es ayudar a identificar emociones. Detrás del estigma de rebeldía o aislamiento, se describe una etapa marcada por angustia, presión social, necesidad de pertenencia y dificultad para comprender lo que se siente. Por eso, enseñar a reconocer emociones y no ignorarlas puede fortalecer tanto la autonomía como la confianza del adolescente.
La segunda es practicar la escucha activa. El planteamiento es sencillo, pero exige disciplina: dejar de pensar de inmediato en la respuesta, apartar distractores, mantener contacto visual y hacer preguntas abiertas. Según el material, muchos adolescentes no buscan soluciones instantáneas, sino comprobar si realmente cuentan con sus padres en momentos de confusión. Esa diferencia cambia el tono de la relación: menos regaño automático, más disposición a entender.
La tercera recomendación es evitar los juicios. Frases como “yo ya sé qué va a pasar” o “en mis tiempos era diferente” pueden cerrar la conversación en lugar de abrirla. El adulto, se señala, debe guardar la calma, no minimizar lo que el adolescente siente ni dramatizarlo. La respuesta serena y sin prejuicios puede ser decisiva para que hijas e hijos pidan apoyo cuando enfrenten conflictos escolares, sociales o incluso conductas de riesgo.
A eso se suma una cuarta clave: establecer límites claros, pero flexibles. El texto insiste en que respetar la autonomía no equivale a desaparecer las reglas. Los límites siguen siendo necesarios como referencia, sólo que en esta etapa deben plantearse con claridad, afecto y cierto margen de negociación. El ejemplo más simple es la hora de llegada a casa: no se trata de renunciar a la regla, sino de adaptarla sin borrar la autoridad parental.
La quinta estrategia consiste en ayudarles a resolver sus propios problemas. La adolescencia, se recuerda, es un periodo decisivo para desarrollar independencia. Por eso, el acompañamiento ya no puede ser el de la infancia. No se trata de conducir de la mano, sino de estar cerca mientras aprenden a decidir, equivocarse y hacerse cargo de las consecuencias.
En el fondo, el mensaje es menos dramático de lo que a veces parece. El adolescente no deja de necesitar a su familia; cambia la forma en que lo demuestra. Y el reto de madres y padres no es recuperar la obediencia infantil, sino construir una relación nueva, capaz de combinar escucha, vigilancia responsable, límites y confianza. Ahí, más que en el control absoluto, puede estar la diferencia entre una casa cerrada y una casa a la que todavía se puede volver.








