Seyla Benhabib y el premio Skytte / Eduardo Torres Alonso

En el campo de la ciencia política, una de las distinciones con mayor prestigio es el premio Skytte, al que se le equipara al premio Nobel de la disciplina. Fue establecido en 1995 por la fundación del mismo nombre en la Universidad de Uppsala, cuya cátedra de Elocuencia y Gobierno data de 1622.

El premio busca reconocer el impacto que la ideas poseen para comprender el poder, las instituciones y la convivencia. Bajo esta premisa, el anuncio de que la ganadora de este galardón en 2026 es Seyla Benhabib representa una declaración de principios sobre las urgencias de los tiempos que corren. El comité del premio fundamenta su decisión en que ella ha examinado, de forma rigurosa, cómo la justicia es posible en un mundo en constante movilidad humana, manteniendo un profundo respeto por los derechos tanto de los individuos como de los Estados.

Influenciada por el pensamiento de Hannah Arendt y Jürgen Habermas, quien también recibió este premio en 2024, ha sabido transitar de la abstracción de la ética del discurso hacia la concreción de las fronteras. En un contexto global donde el fenómeno migratorio es utilizado como moneda de cambio por distintas expresiones políticas, la reflexión de Benhabib sobre la membresía política resulta necesaria (sobre este último tema y apoyándome en esta autora y otros, escribí un artículo más largo).

En su libro The Rigths of Others. Aliens, Residents and Citizens (2004), ella plantea la tensión que define la modernidad: el conflicto entre soberanía territorial de los Estados y la adhesión a principios universales de derechos humanos. La democracia, según la autora, no puede estar cerrada; por el contrario, ella sugiere el concepto «iteraciones democráticas» para dar cuenta de la existencia de complejos procesos de argumentación pública en donde los grupos excluidos desafían y negocian las leyes de los Estados-nación para ampliar los márgenes de ciudadanía.

Ella no aboga por una utopía de fronteras abiertas y sin control, sino por un cosmopolitismo crítico, «sin ilusiones». Bajo esta lógica, el derecho de la comunidad nacional a la autodeterminación es legítimo, pero no puede ejercerse a costa de a dignidad de quienes, por azar o por tragedia, llegan a sus puertas. Su trabajo recuerda la máxima arendtiana: «el derecho a tener derechos».

El anuncio del premio para Benhabib llega en un momento en donde las democracias liberales se encuentran bajo asedio y se han visto poco proclives a solucionar sus viejos problemas más allá de los electorales. Mientras algunos sectores pugnan por el aislamiento y la construcción de muros, el pensamiento de la galardonada ayuda a construir una hoja de ruta para una gobernanza global más humana y deliberativa.

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