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Tras dos años de pandemia, «ya no soy leyenda»
De la serie para la campaña de prevención del COVID19.

Tras dos años de pandemia, «ya no soy leyenda»

En este texto les comparto la historia de una mujer común que después de dos años de no contagiarse de COVID-19, el «bicho» terminó tocando a su puerta

Sandra de los Santos / Aquínoticias

No le cuenten a nadie, pero soy algo hipocondriaca. Para alguien con esos antecedentes una pandemia es uno de sus peores miedos hechos realidad. Cuando supe que el COVID-19 no era algo que pasaba del otro lado del mundo y que de repente comentábamos, sino que era algo real y que ya vivía entre nosotros, empecé a sentir todos los síntomas juntos: me picaba la garganta, me dolía la cabeza y estaba convencida  que me fatigaba con el mínimo esfuerzo.

Me cuesta recordar el día en el que estamos, soy también algo olvidadiza, pero tengo una fijación con las fechas. Recuerdo, perfectamente, fechas como el día de la conquista de Tenochtitlán, la llegada de Cristóbal Colón a América, aniversarios luctuosos de personas que ni siquiera son tan cercanos o los días especiales para ciertas parejas, que tampoco son mis amigos, lo cual puede ser igual de triste como raro.

Bueno…les cuento esto porque recuerdo, perfectamente, el día  en que la pandemia llegó a Chiapas. Fue un 01 de marzo. El epidemiólogo José Luis Alomía Zegarra y el subsecretario de prevención y promoción de la salud, Hugo López Gatell fueron los encargados de dar a conocer el caso de una joven en Chiapas, que estudiaba en Italia,  había dado positivo. Fue uno de los siete casos que se reportaron ese día.

A los pocos días escuché una declaración de la primera ministra de Alemania que decía que a toda la población de su país le iba a dar COVID-19, que solo el 7 por ciento se salvaría de la enfermedad. De manera inmediata extrapolé esas cifras y decidí: «mi roomie y yo seremos de ese siete por ciento que no se va a contagiar».

Durante estos dos años he sido en límites altamente criticables cuidadosa, aunque también he cometido más de una imprudencia. Logré librar durante estos dos años contagiarme, era leyenda, pero hace dos semanas las cosas cambiaron, el bicho llegó a casa.

Tengo muy claro cómo me contagie, pero no lo diré porque no quiero hacer sentir responsable a nadie (cof, cof, fue mi roomie, cof). A ella los síntomas le empezaron un lunes y a mí tres días después. No llegaron de manera intempestiva, fueron apareciendo poco a poco.

Los síntomas de mi roomie fueron apenas perceptibles, pero los míos fueron más claros. No había duda, era COVID. Debo de confesar que días antes ya sentía que la enfermedad me soplaba por encima del cuello.

Leía en redes los comentarios de varias personas conocidas relatando que habían logrado no enfermarse antes, pero de la ómicron no se escondía nadie, y yo más metía la cabeza bajo las cobijas deseando que no me fuera a ver. Pero, el bicho resultó  ser peor que la «Carreta de San Pascualito», aunque te escondas si ya estás en su lista, pues, no hay cómo evadirla.

Los días «difíciles» fueron dos, los demás fueron bastantes llevaderos, aunque la enfermedad se me juntó con las evaluaciones en la universidad, unas convocatorias que no podía dejar pasar, y el hackeo de todas mis cuentas, que me descolocó bastante. Lo que más me pegó fue el dolor de cuerpo y la fatiga, de repente sentía que tenía que jalar el aire y mi dedito corría a ponerse el oximetro…¡Puf! Nunca bajó de 95.

Un par de días anduve de muy mal humor, rara vez les alzo la voz a las personas, pero en esta ocasión me fui contra el repartidor de la farmacia, mi hermana (la mujer más noble que conozco), dos de mis amigos…quiero echarle la culpa al COVID-19 y es probable que lo siga haciendo durante más tiempo.

Podía dormir muy bien escuchando todas las noches a Silvio Rodríguez «Si me dijeran piden un deseo…pediría un rabo de nubes» y así desaparecía la ansiedad, mi respiración se tranquilizaba y la tos se iba.

En la primera ola del COVID-19 sentí tanta incertidumbre que llegué a pensar en dejar el periodismo. La recomendación de las personas especialistas de la salud mental decían que no era bueno tener tanto contacto con las noticias sobre la pandemia, pero cómo se le hace si una se dedica a ello, si siempre es de las que corre en sentido contrario a donde la gente sale para estar a buen reguardo.

Durante estas semanas seguí leyendo noticias sobre el COVID-19 e inclusive haciendo un par de textos. Ya no hablaba del virus que vivía en otras personas, sino de algo que me habitaba.

Anduve medio despistada porque me agobiaban todos mis pendientes, la enfermedad, y que no tenía acceso a todas mis cuentas. Un día le terminé mandando a una fuente de información un sticker de un ramo de «mota» y lo que quería decirle nada más era «gracias» ¿En qué estaba pensando? Lo bueno que lo tomó muy bien, pero ahora estoy convencida que piensa que le estaba ofreciendo mariguna, y capaz  cree que soy una «dealer» disfrazada de periodista.

Agradezco, profundamente, que el bicho  nos haya agarrado vacunadas (tres dosis), que haya sido omicrón y que se conozca mucho más de la enfermedad que hace dos años. Aunque nos fue bien, no me gustaría pasar de nuevo por lo mismo así que mis cuidados continuarán.

Este miércoles me hago mi prueba, la cual confío salga negativa. El 03 de marzo concluyen mis 14 días y me incorporo a dar clases presenciales. Me gusta pensar que lo peor de la pandemia ya pasó, pero que quedamos heridos de diferentes formas, que ahí andamos buscando las herramientas que nos permitan aprender a vivir de esta nueva manera.

Les cuento todo esto porque tecleando es que exorcizo mis miedos y demonios, porque también confío que en algo ayude la experiencia de alguien con mucho miedo a la enfermedad. Parafraseando a Silvio Rodriguez: Yo solo vine a contarles esta historia, es la historia de una mujer común.

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