Desde el War Room / Eduardo Díaz

Proteger a Rocha: cuando la narrativa ya no alcanza

En México, la justicia no sólo se imparte: se administra. Y cuando conviene, también se matiza. El caso de Rubén Rocha Moya dejó de ser un problema local. Hoy es un punto de quiebre político. No por lo que se sabe… sino por cómo se ha decidido manejar.

Porque protegerlo no es un acto de respaldo institucional. Es un riesgo calculado. Uno que empieza por erosionar la credibilidad y termina por debilitar al propio proyecto que busca sostenerlo. Cuando un gobierno cierra filas sin investigación contundente, sin distancia y sin autocrítica, lo que transmite no es fortaleza: es miedo a que la historia avance y no se pueda controlar.

Y en ese intento por contener, aparece el “estreno” de Luisa María Alcalde en la mañanera, como Consejera Jurídica. Con precisión técnica explicó la diferencia entre lo jurídico y lo político. Un planteamiento impecable en el papel… pero profundamente frágil en la realidad.

Porque esa diferencia, en México, suele depender del nombre propio. Cuando se trata de los suyos, hay prudencia, hay tiempos, hay explicaciones. Cuando se trata de la oposición, hay urgencia, hay presión, hay sentencia. Así de claro.

Ahora, cambiemos el tablero. Si el caso fuera con un gobernador opositor, la reacción sería otra. El país ya conoce ese libreto: posicionamientos inmediatos, exigencias de renuncia, investigaciones aceleradas y una narrativa construida para no soltar el tema. No habría matices. Habría condena.

Pero el problema ya no es sólo la doble vara. Es el desgaste acumulado. Porque, paradójicamente, esto es lo que más le ha dolido a Morena. No fueron los viajes de Gerardo Fernández Noroña. No fue su polémica casa en Morelos. No fue lo de Adán Augusto López Hernández ni el ruido alrededor de “la barredora”. Nada de eso logró desestabilizar realmente al movimiento. Lo que sí pegó… vino de fuera. De Estados Unidos.

Ahí es donde la narrativa dejó de ser controlable. Donde el costo político se volvió internacional. Donde ya no bastan las mañaneras ni los posicionamientos internos.

Y eso se reflejó en el propio Consejo Nacional de Morena. Hubo respaldo, sí. Pero fue medido. Cauteloso. Un respaldo que no abrazó del todo, pero tampoco soltó. Un mensaje entre líneas: se sostiene a Rocha… pero el tema incomoda.

Ahí mismo, la nueva presidenta de Morena, Ariadna Montiel, intentó recomponer: más filtros, más controles, cero tolerancia a corruptos. El discurso correcto. El problema es otro. Esos perfiles… ya están dentro.

Y ese es el verdadero riesgo de proteger a Rocha. No el costo inmediato, sino lo que revela: que el sistema de selección falló, que los controles llegaron tarde y que la narrativa anticorrupción empieza a chocar con la realidad interna.

Blindarlo hoy puede parecer una estrategia de contención. Pero en el mediano plazo, es una grieta que se abre hacia dentro. Porque cuando el discurso deja de coincidir con los hechos, lo que se pierde no es una elección. Es la credibilidad. Y esa, en política, es la única moneda que no se puede maquillar.

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