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Diario Semanario / Rodrigo Ramón Aquino

Diario Semanario / Rodrigo Ramón Aquino

Todos los que soy

Los domingos de bajón se llenan de nostalgia.

Junto con Borges, digo: No estoy seguro de que yo exista, en realidad. Soy todos los autores que he leído, toda la gente que he conocido, todas las mujeres que he amado. Todas las ciudades que he visitado, todos mis antepasados.

Me dio por recordar a mis maestros. A los de vida, como a los de periodismo. Por eso hoy, en Diario Semanario: Todos los que soy.

Vamos a donde comienza la memoria. A falta de figura paterna, no podría recordar mis primeros años en Tuxtla Chico sin el doctor José Bartolo Córdoba Ávalos, mi médico familiar, mi obispo de la iglesia mormona y mi maestro de física y química en la secundaria. Me quiso y se reía de mis chistes. Alguna vez me dijo algo al estilo tío Ben de Spiderman: peor que la ignorancia, es saber y no hacer.

Ya en Tuxtla Gutiérrez, luego de emanciparme e irme de casa, matriculado en Ciencias de la Comunicación en la Unach, tuve dos grandes maestros universitarios: el primero, Mario Nandayapa, un hombre tan apasionado de su quehacer literario y académico que eventualmente, para algunos, ha rayado en la frontera de lo correcto. De él mi amor por la palabra y la confianza de que algunas voces maduran en su caída.

Tuve la gran fortuna de que me diera clases el Dr. Sarelly Martínez Mendoza, periodista, hombre sensible al arte, pero principalmente un estudioso del periodismo, de sus formas, de su naturaleza y sus circunstancias. A decir verdad no fui santo universitario de su devoción. Había otros a los que él prendía su velita. Pero nunca dejó de ser correcto y generoso. Hace poco me recordó un juramento que hice cuando fui el único de la clase en sacar seis en un trabajo de redacción. Le dije que se acordara de mí, que yo iba escribir bien algún día. Y lo hiciste, me dijo contento y satisfecho. De él mi amor a la entrevista y a lo técnico y correcto en el ejercicio periodístico.

Ya en la vida real, donde los seis o sietes o dieces de la escuela pasan a un segundo plano, conocí a verdaderos maestros del oficio, aquellos que alejados del aula, daban cátedra de conocimiento y de experiencias. Conocí a José Juan Balcázar, con quien fundamos el periódico NOTICIAS y, tiempo después, nuestro pichito más querido: PORTAVOZ, el diario de todas las voces. De él aprendí que por más limpio que sea un texto (o cualquier producto periodístico), si no tiene intención social o política, simple y sencillamente nació muerto. Generoso y alegre como siempre ha sido, no sólo me compró mi corbata y camisa de graduación de la universidad, sino que me abrió la puerta al mundo del arte, la poesía, la intelectualidad. Nunca me negó la posibilidad de acercarme a sus admirados amigos y amigas que hoy también son míos.

Botón de muestra: Héctor Cortés Mandujano, el mejor narrador de Chiapas. Él me dio clases de cuento, de poesía, de novela. Juntos publicamos Krontainel, una historia colectiva que habla del Chiapas profundo y mágico que pervive en estos días de realismo descarnado. Lo acompañé a hacer las entrevistas que darían sustento a Los versos y la sangre: en el vientre del atanor, el primer tomo de la biografía del enorme poeta Efraín Bartolomé. Héctor, domador de caballos, nacido en la finca El Ciprés de Villaflores, es uno de mis grandes maestros. Lo extraño y espero verlo pronto.

Y aunque se sabe que toda relación, toda lista, no está exenta de errores y olvidos, esta entrega no estaría completa sin mencionar a mi querido hermano Enrique Alfaro Santos, el mejor caricaturista del condado y allende sus fronteras. Hombre sencillo, alegre, paciente (hasta excesos criticables) me enseñó el arte de la conversación, del dato histórico, de la anécdota como referencia periodística. De él aprendí que al talento hay que inyectarle convicción. Que hay que creer en causas y luchar por ellas. Que la vida de uno también sirve para hablar de los problemas del mundo. Que la decencia también es requisito.

Sé que no hay mujeres en esta añoranza. Lo lamento, no me tocaron. Hay grandes maestras, las he visto, pero que de ellas hablen sus herederos.

Decía el violonchelista catalán Pau Casals que: nosotros debemos pensar que somos una de las hojas de un árbol, y el árbol es toda la humanidad. No podemos vivir los unos sin los otros, sin el árbol.

Muchas gracias a todos mis maestros. Soy lo que soy por ustedes.

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