El partido que no se transmite: protesta, memoria y libertad de expresión en tiempos de Mundial

Por Jhenyfeer Farrera

Cada vez que un evento deportivo de alcance mundial concentra la atención pública, reaparece una pregunta incómoda: ¿es correcto que los movimientos sociales aprovechen esos espacios para protestar? Para algunas personas, la respuesta parece evidente. Consideran que el deporte debería mantenerse al margen de la política, que los estadios son espacios de entretenimiento y que las demandas sociales deberían expresarse en otros momentos y lugares. Sin embargo, esta idea pasa por alto una realidad fundamental: los derechos humanos no operan según calendarios deportivos ni horarios de transmisión.

En los días recientes, diversas expresiones de inconformidad social han generado debate en torno al Mundial. Las críticas dirigidas a madres buscadoras, colectivas feministas y otros movimientos que han intentado visibilizar sus causas durante actividades relacionadas con el torneo revelan una tensión más profunda: la disputa por el espacio público y por la atención colectiva.

La conversación no debería centrarse en si una protesta resulta incómoda para quienes desean disfrutar un espectáculo deportivo. La pregunta de fondo es otra: ¿qué ocurre cuando miles de personas sólo encuentran eco para sus demandas cuando el mundo entero está mirando?

La protesta también es libertad de expresión

Cada 7 de junio, México conmemora el Día de la Libertad de Expresión. Aunque la fecha suele asociarse principalmente con el trabajo periodístico y la libertad de prensa, su significado es mucho más amplio. La libertad de expresión no se limita al derecho de escribir una columna, publicar una investigación o emitir una opinión en redes sociales. También protege el derecho de las personas a reunirse, manifestarse y hacer visibles problemáticas que afectan a sus comunidades.

Las democracias no se fortalecen únicamente cuando existen medios de comunicación libres. También se fortalecen cuando la ciudadanía puede cuestionar al poder, denunciar injusticias y ocupar el espacio público para exigir respuestas.

La historia demuestra que muchos de los avances sociales que hoy consideramos derechos fueron posibles gracias a movilizaciones que en su momento resultaron incómodas. El voto de las mujeres, los derechos laborales, las luchas contra la discriminación racial, las demandas por la diversidad sexual y los movimientos en defensa del territorio encontraron resistencia precisamente porque interrumpían la aparente normalidad.

La protesta no es una anomalía dentro de la democracia; es una de sus expresiones más legítimas.

En México, esta reflexión adquiere una dimensión particularmente dolorosa. Más de cien mil personas continúan desaparecidas y miles de familias mantienen una búsqueda permanente ante la insuficiencia de las respuestas institucionales. Paralelamente, el país enfrenta altos índices de violencia feminicida, agresiones contra periodistas, desplazamientos forzados y conflictos socioambientales que afectan a comunidades enteras.

Frente a estas realidades, resulta difícil exigir que quienes buscan a sus familiares, denuncian violencia o defienden derechos esperen pacientemente un momento «más adecuado» para hacerse escuchar.

La protesta surge precisamente cuando los canales ordinarios han dejado de ser suficientes.

Por ello, cuando madres buscadoras despliegan fotografías de sus hijos e hijas desaparecidas, cuando periodistas denuncian ataques contra la libertad de prensa o cuando colectivas feministas exigen justicia para las víctimas de violencia, están ejerciendo un derecho fundamental. No están alterando el orden democrático; están participando activamente en él.

Cuando el espectáculo global se convierte en una oportunidad para ser escuchadas

Los mundiales de futbol son mucho más que competencias deportivas. Constituyen algunos de los eventos mediáticos más importantes del planeta. Durante semanas, millones de personas siguen partidos, conferencias, ceremonias y contenidos relacionados con el torneo. Gobiernos, empresas y organismos internacionales invierten enormes recursos para aprovechar esa visibilidad global.

Resulta paradójico que se considere legítimo utilizar estos espacios para promover marcas, campañas comerciales o estrategias de posicionamiento internacional, pero que se cuestione a quienes intentan visibilizar violaciones de derechos humanos.

Las madres buscadoras no cuentan con presupuestos multimillonarios. Las organizaciones de familiares de víctimas no disponen de campañas publicitarias capaces de competir con la maquinaria mediática de los grandes eventos deportivos. Para muchos movimientos sociales, los momentos de máxima atención pública representan oportunidades excepcionales para romper el silencio.

La historia contemporánea ofrece numerosos ejemplos. Juegos Olímpicos, campeonatos internacionales y copas mundiales han servido como escenarios para denunciar racismo, discriminación, violencia política y violaciones a los derechos humanos. Estas acciones no buscan destruir el deporte ni apropiarse del espectáculo. Buscan aprovechar una ventana de atención que raramente se abre para las causas sociales.

La incomodidad que generan estas expresiones suele revelar algo más profundo que una simple defensa del entretenimiento. Con frecuencia refleja nuestra dificultad para convivir con realidades dolorosas que preferiríamos mantener fuera de la conversación.

Es más sencillo concentrarse en el marcador de un partido que enfrentar la existencia de fosas clandestinas. Es más cómodo discutir alineaciones y estadísticas que hablar sobre feminicidios, desapariciones o agresiones contra periodistas. Sin embargo, ignorar estos problemas no los hace desaparecer.

Cuando una madre buscadora levanta la fotografía de su hijo durante un evento masivo, no está compitiendo contra el futbol. Está compitiendo contra el olvido.

Y el olvido suele ser un adversario mucho más poderoso que cualquier selección nacional.

El derecho a incomodar

Las sociedades democráticas necesitan espacios para la celebración, el encuentro y la recreación. El deporte cumple una función valiosa en la construcción de comunidad y en la generación de emociones compartidas. Pero también necesitan espacios para la crítica, la memoria y la exigencia de justicia.

Ambas dimensiones pueden coexistir.

Defender el derecho a la protesta no implica estar de acuerdo con todas las manifestaciones ni compartir cada una de sus estrategias. Significa reconocer que la libertad de expresión protege especialmente aquellas voces que cuestionan, denuncian o incomodan.

Después de todo, los discursos que no generan controversia rara vez necesitan protección.

En tiempos donde los grandes espectáculos concentran la atención global, conviene recordar que las causas sociales no desaparecen cuando inicia un partido. Las familias continúan buscando a sus desaparecidos. Las periodistas siguen enfrentando riesgos por ejercer su labor. Las mujeres continúan exigiendo una vida libre de violencia. Las comunidades mantienen la defensa de sus territorios.

Mientras el mundo observa lo que ocurre dentro de la cancha, millones de personas intentan llamar la atención sobre aquello que sucede fuera de ella.

Ese también es un partido.

Y quizá sea uno de los más importantes de nuestro tiempo.

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *