Investigadores del Instituto Karolinska analizaron a más de 30 mil niñas, niños y adolescentes con asma y alergia; no observaron más crisis, gravedad ni peor función pulmonar entre quienes vivían con gatos
AquíNoticias Staff
Para familias con niñas y niños con asma, tener un gato en casa suele abrir una pregunta difícil: ¿puede empeorar los síntomas? Un nuevo estudio del Instituto Karolinska, en Suecia, aporta evidencia para matizar esa conversación: la convivencia con gatos no se asoció con más crisis asmáticas, mayor gravedad, peor control del asma ni menor función pulmonar en menores con diagnóstico establecido de asma y alergia.
La investigación, publicada en Frontiers in Allergy, fue realizada por Resthie R. Putri, Cecilia Lundholm, Anna Hedman, Mwenya Mubanga, Hanna Karim, Jon R. Konradsen y Catarina Almqvist. El trabajo analizó una cohorte nacional sueca de 30 mil 277 menores, nacidos entre 2006 y 2020, con diagnóstico comprobado de asma y alergia.
El estudio buscó responder una pregunta concreta: qué ocurre en niñas, niños y adolescentes que ya tienen asma y viven con uno o más gatos. Para ello, los investigadores revisaron cuatro variables: crisis asmáticas, gravedad del padecimiento, control del asma y función pulmonar. También analizaron si influían características del animal, como el número de gatos en el hogar, su sexo o su edad.
De acuerdo con los resultados, 9.4 por ciento de los menores incluidos convivía con al menos un gato. Las crisis asmáticas ocurrieron en 3.3 por ciento de quienes tenían gato en casa y en 3.5 por ciento de quienes no convivían con gatos, una diferencia sin significación estadística.
El asma moderada a severa se presentó en 9.6 por ciento de los menores con gatos y en 10.1 por ciento de quienes no tenían. En un subgrupo con evaluación pulmonar mediante espirometría tampoco se observaron diferencias relevantes entre ambos grupos.
Dentro del grupo con gatos, los investigadores tampoco encontraron asociación entre peores resultados de asma y el número de animales, su sexo o su edad. En términos prácticos, el estudio no halló señales de alarma adicionales por tener uno o más gatos en el hogar de menores con asma y alergia, al menos en el corto plazo.
El hallazgo no significa que todas las familias puedan ignorar el riesgo de alergia. Los propios autores reconocieron una limitación importante: no contaron con datos sobre sensibilización específica a alérgenos de gato, es decir, no pudieron saber si cada menor era alérgico directamente al gato.
Por eso, la lectura debe ser cuidadosa. La evidencia sugiere que convivir con gatos puede no empeorar los desenlaces del asma en esta población, pero no sustituye la valoración médica individual, sobre todo cuando hay síntomas de alergia, rinitis, conjuntivitis, silbidos al respirar o crisis frecuentes.
Para los hogares donde ya existe un gato, el mensaje es de prudencia, no de alarma. Mantener la casa ventilada y limpia, evitar que el animal duerma en la misma habitación del menor, reducir acumulación de pelo y polvo, y seguir el tratamiento indicado por el personal médico siguen siendo medidas razonables.
El estudio permite mover la conversación de la prohibición automática hacia una decisión informada. En salud infantil, la pregunta no debe ser solo si hay gato o no en casa, sino si el asma está controlada, si existe alergia específica y si la familia cuenta con seguimiento médico.








