Con marionetas hechas a mano y el acompañamiento creativo de Guillermo del Toro, la película abre una nueva etapa para la fantasía oscura mexicana
AquíNoticias Staff
El stop motion mexicano tiene una fecha clave en Netflix. Soy Frankelda, largometraje dirigido por los hermanos Arturo y Roy Ambriz, llega a la plataforma este 12 de junio después de convertirse en un proyecto de referencia para la animación nacional y para el trabajo artesanal de Cinema Fantasma. La cinta es reconocida como el primer largometraje mexicano realizado en técnica stop motion.
La historia sigue a Francisca Imelda, una joven escritora mexicana del siglo XIX cuyos relatos oscuros son ignorados por su entorno. Netflix presenta la premisa como el viaje de una autora talentosa que entra a su propio subconsciente y se encuentra con personajes nacidos de sus historias de terror.
El personaje conecta con una pregunta de fondo: ¿cuántas escritoras quedaron fuera de la historia porque su imaginación no cabía en las reglas de su tiempo? Desde esa idea, Frankelda aparece como una autora obligada a escribir desde el margen, hasta convertir su silencio en una mitología propia.
El origen del universo se remonta a Los sustos ocultos de Frankelda, serie antológica de stop motion creada por los hermanos Ambriz y producida por Cinema Fantasma para HBO Max. La serie presentó a Frankelda como una escritora fantasma que narraba historias de terror a niñas y niños, acompañada por su libro encantado.
El salto al largometraje amplió ese mundo. De una propuesta nacida en formato breve, la película creció hasta convertirse en una producción de fantasía oscura, música, monstruos, memoria literaria y estética mexicana. En su recorrido previo, Soy Frankelda inauguró la edición 40 del Festival Internacional de Cine en Guadalajara.
La dimensión artesanal del proyecto es parte de su valor. De acuerdo con información publicada por El País, la película tiene una duración de 114 minutos y fue realizada completamente en México, con 140 marionetas y 50 platós. Ese dato coloca a la cinta no solo como estreno, sino como prueba de capacidad técnica para una industria que suele trabajar con recursos limitados frente a los grandes estudios internacionales.
El nombre de Guillermo del Toro también atraviesa la historia del proyecto. El cineasta tapatío ha acompañado a los hermanos Ambriz como mentor y asesor creativo; su vínculo con ellos viene de años atrás y se fortaleció alrededor del cortometraje Revoltoso. Medios internacionales han destacado que Del Toro ayudó a orientar el proyecto y a abrir conversaciones para su distribución.
El respaldo tiene sentido dentro de la trayectoria reciente de Del Toro. Su versión de Pinocho, producida para Netflix, ganó el Oscar a Mejor Película Animada y volvió a poner el stop motion en el centro de la conversación global sobre animación. En ese contexto, Soy Frankelda entra a Netflix como parte de una conversación más amplia: la defensa del trabajo hecho cuadro por cuadro frente a la velocidad de la producción digital.
La película no solo importa por ser “la primera” en una técnica. Importa porque propone una estética mexicana propia: criaturas fantásticas, ecos de literatura gótica, imaginario popular y una protagonista que convierte la escritura en resistencia.
Para Cinema Fantasma, el estreno global representa la culminación de un trayecto largo, costoso y paciente. El stop motion exige fabricar cuerpos, rostros, escenarios, luces y movimientos mínimos; cada gesto requiere tiempo, precisión y repetición. En una industria dominada por lo inmediato, Soy Frankelda recuerda que todavía hay películas que se hacen con manos, memoria y terquedad.
Netflix suma así una obra que puede hablarle a públicos familiares, seguidores de la fantasía oscura, amantes de la animación y espectadores interesados en el cine mexicano. Su valor está en la historia, pero también en el proceso: una película donde cada monstruo, cada escenario y cada movimiento cargan años de oficio.
Soy Frankelda llega a Netflix como una rareza necesaria: una película mexicana que no imita el imaginario global, sino que lo enfrenta con una voz propia.








