Morena y las elecciones de 2027 / Eduardo Torres Alonso

A poco más de una década de su registro legal, Morena ha dejado de ser un movimiento de oposición para convertirse en el eje del sistema político mexicano. Además de ser el partido en el gobierno, es la fuerza que organiza la competencia, fija la agenda y obliga a las demás a definirse por contraste.

Esa centralidad, hay que tenerla presente, no equivale a invulnerabilidad. La elección intermedia de junio de 2027, que renovará la Cámara de Diputados, diecisiete gubernaturas y miles de cargos locales, será la primera prueba seria de si su predominio constituye una hegemonía consolidada o una mayoría coyuntural.

Las credenciales electorales del partido son considerables y conviene examinarlas sin complacencia. En 2024, la candidatura de Claudia Sheinbaum obtuvo 59.3 por ciento de los votos y una ventaja de treinta y un puntos sobre la oposición. Esa votación se tradujo, mediante la coalición con el Partido del Trabajo y el Partido Verde, en mayoría calificada en la Cámara de Diputados y en el control de 23 de las 32 entidades federativas. Detrás de esas cifras resaltan tres aspectos. El primero es una notable capacidad de coalición: la alianza con el PT y el PVEM, más pragmática que ideológica, ha funcionado como una maquinaria de conversión de votos en escaños. El segundo es la adaptación: el partido sustituyó el liderazgo fundacional de Andrés Manuel López Obrador sin fractura visible, lo que sugiere cierta institucionalización. El tercero es el arraigo territorial, construido sobre programas sociales de transferencia directa que operan como un vínculo poderoso y que también puede leerse en clave clientelar.

Ese cuadro admite lecturas menos optimistas. La primera debilidad es de naturaleza estructural: aun en su mejor momento, Morena no gobierna sola. Por sí mismo, obtuvo 236 diputaciones, por debajo de la mayoría simple; su fuerza constitucional depende de socios cuyos intereses no siempre coinciden con los suyos. La segunda es de identidad: un partido que reúne a antiguos militantes de izquierda, cuadros provenientes del PRI y aliados de conveniencia enfrenta una persistente ambigüedad ideológica que dificulta saber qué defiende más allá de la lealtad a su proyecto. La tercera es la percepción pública, hoy en deterioro. Las mediciones de 2026 divergen (la aprobación presidencial oscila entre 51 y 70 por ciento según la casa encuestadora), pero coinciden en una tendencia descendente. La opinión favorable del partido cayó de cerca de 70 por ciento a mediados de 2025 a un rango de 54 a 57 por ciento en 2026, y su intención de voto para diputaciones retrocedió de alrededor de 48 por ciento a cifras cercanas a 40 por ciento.

Los señalamientos por presuntos vínculos de funcionarios con el crimen organizado han erosionado el capital moral con que el partido-movimiento se presentó al electorado.

Las oportunidades hacia 2027 derivan de la debilidad ajena. La oposición sigue fragmentada y sin relato común. El PAN ronda 25 por ciento de intención de voto y el PRI se ha desplomado a cifras de un dígito. Mientras ese bloque no resuelva si compite unido o por separado, el voto estratégico opositor carecerá de destino claro. La reconfiguración del sistema de partidos favorece, por ahora, al oficialismo. Cualquier reacomodo podría encarecer victorias que hoy se dan por descontadas.

La evaluación de sus posibilidades de triunfo exige una distinción. En solitario, Morena es fuerte, pero no invencible. Su voto duro es amplio, aunque insuficiente para garantizar por sí mismo mayorías calificadas o la totalidad de las gubernaturas en disputa. En coalición, su posición es dominante, y los sondeos, con las reservas que impone su volatilidad, lo ubican al frente en la mayoría de los estados en disputa. Conviene recordar, además, que de las 17 gubernaturas en juego 12 ya pertenecen a Morena. Las intermedias han castigado, históricamente, al partido gobernante, así ocurrió en 1997, 2003, 2009 y 2015, y la participación suele caer entre diez y quince puntos respecto de la elección presidencial. Es algo que no hay que olvidar.

El caso de Morena muestra una tensión de fondo de la democracia mexicana contemporánea. Tras décadas de construir competencia frente al viejo partido hegemónico, el país parece haber producido una nueva concentración de poder, esta vez por la vía del voto.

La pregunta relevante no es si Morena ganará en 2027, es probable que lo haga, sino en qué condiciones. ¿Será mediante una competencia genuina, con contrapesos efectivos y alternancia posible, o con una maquinaria que vuelva ritual lo que debería ser incierto?

La salud de una democracia no se mide por la fuerza de quien gobierna. El indicador es la vitalidad de quienes pueden disputarle el poder. En esa medida, el porvenir de Morena y el de la democracia mexicana están, de forma incómoda, entrelazados.

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